El cocinero invisible
Francisco Martínez Montiño sirvió a tres reyes. Nadie se acordó de él.
Francisco Martínez Montiño cocinó para Juana de Portugal, cocinó para Felipe II, cocinó para Felipe III y cocinó para Felipe IV. Murió solo. La corona no le devolvió nada. Ni la pensión prometida. Ni el trabajo de sus hijos. Ni el recuerdo.
Del puño y letra de Montiño solo nos han llegado dos textos, el prólogo de su libro y un memorial al rey. Once años los separan. En el prólogo, un hombre en la cima: seguro. En el memorial, otro hombre: desesperado y olvidado. La misma mano escribió los dos.
No hay certeza del origen de Montiño. Gallego dicen unos. Portugués dicen otros. Ninguno tiene pruebas. Los huecos en su vida no son un problema, son parte de su historia.
España 1611. En palacio el suelo tiembla. Felipe III había cedido el gobierno a manos del duque de Lerma el cual es cada vez más cuestionado. Ese mismo año muere la reina Margarita unos meses después de dar a luz a su hijo, su única contrapeso.
Ese año Montiño publica su libro. ¿Casualidad?
Arte de cocina, pastelería, vizcochería y conservería se ha convertido en uno de los libros de gastronomía española más importantes. Montiño escribió un prólogo muy interesante, donde deja ver de forma muy clara su forma de ser y de pensar.
En el prólogo Montiño hace valer sus años en la profesión. Todo lo que escribe, dice, es experiencia personal. Llega incluso a criticar duramente otro libro que circulaba en aquellos años, sin dignarse a nombrarlo. Montiño no necesitaba nombrar a sus rivales para hundirlos.
España 1620. Felipe III agoniza en el poder. El duque de Lerma ha caído. El duque de Uceda controla todo. Los rivales se acercan al próximo rey. Tiene 15 años.
En ese momento Montiño escribe un memorial al rey. El duque del Infantado, mayordomo mayor, lo confirmó.
Montiño declara cuarenta años sirviendo a la corona. Sin faltar un solo día. Fabricando bizcochos fuera de su horario. Financiando raciones de vino que nunca le pagaron. Su hijo tenía un puesto, se lo quitaron.
Se declara viejo. Y pobre. Pide lo que la corona le debe. Para él. Para su mujer. Para sus hijos.
La misma mano que en 1611 no se dignó a nombrar a sus rivales.
Después del memorial, silencio. Ningún documento. Ningún registro. Una fecha circula, 1633, pero nadie puede confirmarla.
La corona no dejó constancia de su muerte. Como tampoco cumplió su palabra en vida.